LOS RETAZOS DE MI INFANCIA.

AÑO-1937/1948

Autor y protagonista Josan Sánchez



Documento que acredita mi internado en un correccional en Valencia

Documento acreditativo de nuestro internado.

Quise arrancarme del alma
los años de mi sufrir, pero
a pesar de mis deseos no lo
llegue a conseguir.

Aunque no estuve solo en
el devenir amargo, también
lo vivió mi madre y cuatro de
mis hermanos.

En los aledaños deTaberno
y en plena guerra civil, mi
padre labraba la tierra para
poder malvivir.

A pesar del gran esfuerzo
para no morir de hambre,
quedamos en desamparo
al accidentarse mi padre.

Para evitar males mayores
e intentar salvarle la vida
fue ingresado de urgencia
en un hospital de Almería.

Mi madre quedó a su lado
durante una larga agonía,
sus hijos en desamparo
sin cuido de la familia.

Una de mis hermanas
con tan solo diez añitos,
fue la que protegió a sus
hermanos pequeñitos.

Gracias a su fortaleza y
 el apoyo de los vecinos,
  se salvaron nuestras vidas
para seguir su camino.

Aparte de aquellas ayudas
nuestro sufrir era grande,
y lloramos noche y día por
la ausencia de mi madre.

Lentamente la tragedia
fue ganando terreno, los  
vecinos se reúnen para
denunciar a mi abuelo.

Estos le recriminan que
tendrá que reflexionar,
que un abuelo a sus nietos
no los puede abandonar.

A pesar de las riquezas
que mi abuelo poseía,
a sus nietos le negó el
agua que se bebían.

La estancia con el abuelo
nunca la conseguí olvidar,
su avaricia era tan grande 
que racionaba hasta el pan.

Con los síntomas del parto 
tuvo que regresar mi madre
para alumbrar a mi hermano.
quedando mi padre grave.

En un hospital de Almería
y con una dolorosa agonía,
mi padre pierde la vida sin
sin existencia de la familia. 

Con cinco hijos pequeños
y sin ayuda de nadie,
difícil lo tuvo mi madre.
para seguir adelante.
        
Aunque éramos pequeños
tuvimos que trabajar, para
los que utilizaban a niños 
por un trocito de pan.

Por la labor de mi madre
mejoró nuestra situación, 
pero un villano sin honor
de su fruto se apropió.

Logró engañar a mi madre
con habilidad y destreza
prometiendo amor eterno
y parte de su riqueza.

Según aquel malnacido
en Valencia tenía casa
para vivir todos juntos
sin hacernos falta nada.

A la promesa del villano
no dudo en hacerle caso,
malvendió lo que poseía
del fruto de su trabajo.

Iniciamos un viaje incierto
para el traslado a Valencia,
menos mi hermano pequeño
que se quedó con mi abuela.

Me quedó el convencimiento
que actuemos con argumento,
el niño no habría superado el
terrible sufrimiento.

La mayor de mis hermanas
fue llorando durante el viaje,
posiblemente intuía el dolor
de aquel desastre.

Temiendo perder el dinero
de lo que mi madre vendió
se lo entrego al malvado y
fue nuestra perdición. 

Al final de nuestro viaje
y como era de esperar,
nos robó todo el dinero
y nunca lo vimos más.

Para nosotros Valencia era
 un mundo desconocido,
habituados al campo nos
encontremos perdidos.

El estado de abandono
a todos nos afligía, pero
a la pobre de mi madre
el mundo se le caía.

En tan caótica situación
no sabíamos lo que hacer,
sin dinero para los pasajes
era imposible volver.

Los cuerpos se debilitaban
y las lágrimas no cesaban,
y al no tener donde dormir
el suelo era nuestra cama.

Finalmente creímos ver 
una luz en la oscuridad,
nos llevarían a un colegio
y todo se iba arreglar. 

Para el acceso al colegio
y según las autoridades,
nos tenían que asear en
unas duchas municipales.
  
En las duchas fui separado
de mis hermanas y madre,
y el que tenia que asearme
me amordazo para violarme.

Cuando estábamos aseados
dos policías se presentaron,
nos ordenaron seguirles y al
correccional nos llevaron.

A partir del trauma sufrido
me privaron de mi madre,
mis lágrimas no cesaban
y mi sufrir era grande.

A la fuerza me llevaron
donde residían los niños
y pude ver en sus caras
que les faltaba cariño.

Igualmente, a mis hermanas
unas monjas se las llevaron,
para evitar que nos viéramos
durante todo el internado.

 Con ocho años era consciente

que aquel colegio prometido,
era un reformatorio donde se
adoctrinaba a los niños.

A uno de los celadores le
llamaban el Sr Ramon,
era el temor de los niños
y un maltratador
                
En un plan amenazante,
y con la porra en la mano,
revisaba cada cama para 
azotar al niño orinado.

Si el niño mientras dormía,
se había orinado en la cama
aunque pidiera perdón de
golpes no se libraba.

Sin embargo, de Valentín
no puedo opinar lo mismo,
ya que utilizaba su palabra
como arma de castigo.

Para la higiene personal
y sin medios necesarios,
era imposible asearnos
para evitar a los ácaros.

Igualmente, de los piojos
era imposible librarnos,
nos picaban noche y día
y teníamos que rascarnos.

De trágicas enfermedades
no conseguimos librarnos,
quedándonos las secuelas
para el resto de los años.

Nunca pude olvidar el
hambre que pasamos,
comíamos los desechos
y todo lo que pillamos.

De los castigos habituales
el que más llegue a temer,
era cuando me arrodillaban   
y me dejaban sin comer.

Por ser de diferente sexo me
 separaron de mis hermanas
sin poder darles un abrazo
durante todo mi internado.

Mi corazón estaba triste y
mis lágrimas no cesaban,
al saber que a pocos mts
residían mis hermanas.

Todos los días del año
el rosario se rezaba, los
domingos y días festivos
a misa no se faltaba.

En la Iglesia me quedé
sin poder decir palabra,
al ver que entre las niñas   
estaban mis hermanas.

Mi alegría fue tan grande
que mi corazón se alteró,
intente llegar hasta ellas
pero el celador lo impidió.


Por llorar tanto en la Iglesia
el celador me llevo a la calle,
para agredirme con saña por
un pecado muy grave.

Deje de ingerir alimentos
y la tristeza me invadía,
cay gravemente enfermo
y casi pierdo la vida.

No sé si fue un milagro,
para mí una casualidad,
sin médico ni medicina  
superé mi enfermedad.

Para mí el tiempo se detuvo
y al sol no le vi brillar, porque
 aquellos tristes años los
viví en la oscuridad.

Extrañaba tanto a mi madre
que me invadía la melancolía,
lo que yo no percibía era que
se acercaba el día que la vería.  

Un día el Celador Ramón
me llamó con insistencia,
sígueme y no tengas miedo
que te espera una sorpresa.

 Grande fue mi sorpresa
 dude si lo podría creer,
tras una puerta de rejas
a mi madre pude ver.

Intente darle un abrazo
pero la puerta lo impedía,
en aquel reformatorio las 
 visitas se prohibían.

Aquella puerta de hierro que
impidió que un hijo y madre
se pudieran abrazar nunca 
 la pude olvidar.


Mi madre me había traído
un bocadillo de membrillo,
a mí me supo a gloria, y a
mi estomago agradecido.

El celador indicó a mi madre
que al coincidir el encuentro  
con la misma hora del rosario
la sorpresa había finalizado.

Cuando asistíamos a misa
mis hermanas me daban,
el pan que no se comieron 
para dárselo su hermano,  

Aunque estaban prohibidas
las visitas de familiares, los
seminaristas nos visitaban
los domingos por la tarde.

Nos agrupaban en grupos
para enseñarnos religión,
ya que según la doctrina
somos hijos de Dios.

Para ganar más espacio
ocupamos otro pabellón,
donde mejoró un poco
nuestra nueva situación.

Aparte de las mejoras
las torturas no cesaron,
por muy poco motivo nos
pegaban dos guantazos.

En la nueva residencia
lo que más benefició,
entre otras mejoras fue 
la escolarización.

A partir de aquel cambio,
el niño que caía enfermo,
disponía de medicina y
la asistencia de médico.

Pero la más importante
y la mejora más grande
fue, que cada 15 días
podía ver a mi madre.

En aquella cárcel de niños 
pedía a mi madre llorando,
que si de verdad me quería
me sacara de aquel calvario.

Triste y llorando me decía
que todo llega en la vida,
pero que de momento sin
recursos no podía.

Algunos de aquellos niños
nunca recibían visita, al
haber perdido a sus padres
en nuestra guerra fratricida.

De lo que traía mi madre
una parte me requisaban,
para donarlo a los niños
que nadie los visitaba.

 En la nueva residencia

 disponíamos de capilla,
para que nadie quedara,
sin poder asistir a misa. 

Para mí fue muy negativo
y me oprimía la tristeza,
al no ver a mis hermanas
como en la otra Iglesia.

A los tres meses de clase
aprendí a leer y escribir,
este niño es un prodigio
decía el celador Valentín.

Un examen tan estricto
no todos lo aprobaron,
intuyo que fue mi suerte
e incluso me felicitaron.

Deje la tristeza atrás y
mi alegría fue máxima,
haríamos la comunión 
donde iban hermanas.

Estrenemos ropa nueva
una camisa y pantalón,
aquel día para nosotros
todo fue satisfacción.

Después de la comunión
volvimos muy contentos,
para poder saborear un   
un suculento almuerzo.

A los ocho años de edad
fui separado de mi madre,
recibí duros castigos sin
que me amparara nadie.

En mi corazón de niño
solo existía ansiedad, al
no disfrutar el amor que
una madre siempre da.

Los días se sucedían y
la aflicción me oprimía,
ni siquiera podía llorar,
pues lágrimas no tenía.

Lo que yo no percibía
en mi melancolía, que
en el reformatorio me
quedaban pocos días.

Atrás deje el internado
y una parte de mi vida,
por fin pude caminar sin
muros que lo impedían.

Solo conocí injusticias
y sobre todo maldad,
más todo esto preferí,
a la cárcel que deje atrás.

En todos mis años vividos
siempre sentí un vacío,
al no poder recuperar
aquellos años perdidos.
Josan.









 









  














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